Cuatro miradas sobre la misma organización. El contraste entre perspectivas como método de autoevaluación de la calidad en servicios de discapacidad

Four perspectives on the same organization. Contrasting viewpoints as a method for quality self-assessment in disability services

 

Autor/a

Soledad Somorrostro

Doctorado en Discapacidad, Universidad Favaloro, Buenos Aires, Argentina

solesomorrostro@gmail.com

ORCID https://orcid.org/0009-0002-2388-2854

 

DOI: 10.5281/zenodo.22801175

 

 

Resumen

Los instrumentos de evaluación de la calidad en servicios de discapacidad suelen construir una valoración única de cada organización, ya sea por la vía de un auditor externo o por la de un informante institucional que responde en nombre del conjunto. Este artículo propone y fundamenta una alternativa. El instrumento que aquí se describe se administra en cuatro versiones paralelas, dirigidas al equipo de conducción, a los equipos técnicos, a las personas con discapacidad y a las familias, y no promedia sus valoraciones sino que las contrasta. La discrepancia entre lo que una organización cree estar haciendo y lo que sus destinatarios perciben constituye, en esta propuesta, el dato más informativo del proceso. Se exponen el fundamento normativo y teórico de la decisión, su respaldo en un proceso Delphi con once personas expertas del campo argentino y la evidencia de aplicabilidad obtenida en una prueba piloto en treinta organizaciones. Se discuten las condiciones que la participación de las personas con discapacidad como fuente primaria impone al diseño y los interrogantes que la propuesta deja abiertos.

Palabras clave: autoevaluación organizacional; discapacidad; participación; calidad de los servicios; lectura fácil

Abstract

Quality assessment instruments in disability services usually produce a single rating for each organization, either through an external auditor or through an institutional informant answering on behalf of the whole. This article proposes and grounds an alternative. The instrument described here is administered in four parallel versions, addressed to the governing body, the professional teams, the people with disabilities and the families, and it does not average their ratings but contrasts them. The discrepancy between what an organization believes it is doing and what its intended beneficiaries perceive constitutes, in this proposal, the most informative datum of the process. The article sets out the normative and theoretical grounds of this decision, its support in a Delphi process with eleven experts in the Argentine field, and the applicability evidence obtained in a pilot test across thirty organizations. It discusses the conditions that participation of people with disabilities as a primary source imposes on design, and the questions the proposal leaves open.

Keywords: organizational self-assessment; disability; participation; service quality; easy-read

 

1.- Introducción

Cuando una organización de servicios de discapacidad es evaluada, alguien responde por ella. En los dispositivos de habilitación y categorización, ese alguien suele ser la conducción institucional, que informa sobre la existencia de documentos, procedimientos y condiciones materiales. En los modelos de certificación, un auditor externo verifica esa información. En ambos casos el resultado es una valoración única, construida desde una sola posición y presentada como si describiera a la organización en su conjunto.

Esa arquitectura tiene una consecuencia que rara vez se explicita. La persona que recibe los apoyos, cuya vida es aquello que la calidad del servicio debería estar afectando, aparece en el mejor de los casos como fuente secundaria, consultada a través del reporte de profesionales o de familiares. Su valoración del trato recibido, de la personalización de los apoyos o del respeto a sus decisiones queda inferida desde afuera. El paradigma de derechos consagrado en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (Naciones Unidas, 2006) vuelve esa inferencia problemática, porque supone que la persona es sujeto de derecho y no objeto de verificación.

La consecuencia es doble. En el plano ético, un dispositivo que habla en nombre de las personas reproduce, en el terreno de la evaluación, la lógica de sustitución que la Convención vino a impugnar. En el plano técnico, y con independencia de lo anterior, produce información peor. Una organización que se describe a sí misma tiende a describir aquello que se propone hacer antes que aquello que efectivamente ocurre, no por deshonestidad sino porque el relato institucional forma parte de su modo de funcionar.

Este artículo expone el fundamento de una decisión de diseño que intenta responder a ese problema. El instrumento de autoevaluación que aquí se describe se organiza sobre dos ejes que se cruzan, el de las dimensiones de calidad, que responde a la pregunta de qué se evalúa, y el de los tipos de evaluador, que responde a la pregunta de quién evalúa. Se administra en cuatro versiones paralelas dirigidas al equipo de conducción, a los equipos técnicos, a las personas con discapacidad y a las familias y redes de apoyo. Y, de manera deliberada, no promedia sus resultados.

El argumento que se desarrolla en estas páginas es que la divergencia entre esas cuatro valoraciones no constituye un problema de fiabilidad a resolver mediante agregación, sino el hallazgo principal que el instrumento produce. Cuando el equipo técnico valora una práctica en un nivel y las personas que la reciben la valoran en otro, esa distancia señala con precisión el punto en que la organización cree estar haciendo algo que sus destinatarios no perciben del mismo modo. Ese es, se sostiene aquí, el lugar exacto donde debe empezar el trabajo de mejora.

El texto se organiza en seis partes. La primera reconstruye el marco conceptual desde el que la propuesta se formula. La segunda describe el proceso de investigación del que deriva. La tercera expone la arquitectura del instrumento y las decisiones técnicas que la sostienen. La cuarta detalla el proceso de aplicación en las organizaciones. La quinta presenta la evidencia disponible, tanto la del panel experto como la de la prueba en campo, y sitúa el instrumento en relación con los que lo anteceden. La sexta discute el alcance de lo que puede afirmarse y lo que queda pendiente de verificación.

2.- Marco teórico

La calidad como resultado en la vida de las personas

El modelo de calidad de vida de Schalock y Verdugo (2007, 2013) desplazó el objeto de la evaluación desde la conformidad de los procesos hacia los resultados personales. Ese desplazamiento reformuló una tradición que, siguiendo la tríada de Donabedian (1988), había privilegiado la estructura y el proceso por sobre el resultado, en buena medida porque los dos primeros son más fáciles de observar. Su articulación con el paradigma de los apoyos (Luckasson et al., 2002; Thompson et al., 2009) dio lugar al Modelo de Calidad de Vida y Apoyos (Verdugo Alonso et al., 2021), que ofrece un marco para traducir los mandatos convencionales en decisiones organizacionales (Morán et al., 2023).

Reinders y Schalock (2014) formularon la consecuencia institucional de ese desplazamiento. La pregunta pertinente para una organización no es si cumple sus procedimientos, sino en qué medida contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas a las que acompaña. La Escala de Eficacia y Eficiencia Organizacional del INICO (Schalock et al., 2015) tradujo ese principio en un instrumento que evalúa los resultados organizacionales por su vínculo con los resultados personales.

Ese desplazamiento tiene una implicación epistemológica que suele quedar implícita. Si aquello que se evalúa son resultados en la vida de las personas, entonces las personas son la fuente primaria de información sobre ellos. La autodeterminación, en particular, resulta difícilmente evaluable desde afuera, porque es a la vez una de las ocho dimensiones de la calidad de vida y el derecho a dirigir la propia vida (Wehmeyer, 2005). Björnsdóttir et al. (2015) mostraron, a partir de los relatos de personas con discapacidad intelectual, que la autonomía se juega en decisiones cotidianas que un observador externo difícilmente registra, y que la distancia entre la autonomía declarada por el servicio y la experimentada por la persona puede ser considerable.

El problema de la fuente de información

La literatura del campo ha examinado de manera específica la relación entre las valoraciones que realizan las propias personas con discapacidad y las que realizan los profesionales que las acompañan (Gil-Llario et al., 2016), así como la perspectiva de las personas usuarias sobre la calidad del servicio y su vínculo con la satisfacción y el bienestar (Gracia et al., 2017; Martínez-Tur et al., 2007). El desarrollo de escalas de calidad de vida con formatos de autoinforme e informe de otros, como la Escala INICO-FEAPS (Verdugo et al., 2013) o la Escala San Martín (Verdugo et al., 2014), responde precisamente al reconocimiento de que ambas fuentes aportan información distinta y no intercambiable.

En paralelo, el campo de la calidad de vida familiar consolidó a las familias como unidad de análisis con voz propia (Turnbull et al., 2004; Zuna et al., 2009), con instrumentos específicos para recoger su perspectiva (Giné et al., 2019; Verdugo Alonso et al., 2012). Las familias observan el funcionamiento de la organización desde una posición complementaria a la de la persona, con acceso a información que los equipos no siempre poseen y con una continuidad temporal que les permite advertir cambios que otros no registran.

Existe, sin embargo, una asimetría entre estos desarrollos y los instrumentos de evaluación organizacional. Mientras la evaluación de resultados personales incorporó hace tiempo la multiplicidad de fuentes, la evaluación de la calidad de las organizaciones siguió construyéndose de manera predominante sobre el reporte institucional. La consecuencia es que el campo dispone de buenos instrumentos para saber cómo está una persona y de instrumentos considerablemente más débiles para saber qué hace la organización que la acompaña. Este artículo propone trasladar aquella lógica al nivel organizacional.

Lo que las organizaciones no pueden ver de sí mismas

Existe una segunda razón, de orden distinto, para no confiar la evaluación a una sola voz institucional. Las organizaciones no son dispositivos técnicos transparentes a su propia inspección. Lacasta Reoyo (2013) señaló que son espacios productores de significados que inciden en la subjetividad de quienes las habitan, y que sus rutinas, su lenguaje y sus decisiones cotidianas configuran experiencias que operan en buena medida por debajo de la conciencia institucional. Weick (1995) describió el proceso por el cual las organizaciones construyen retrospectivamente el sentido de lo que hacen, de modo que el relato institucional no describe la práctica sino que la organiza y, al organizarla, la vuelve difícil de examinar desde adentro.

La tradición crítica sobre las instituciones agrega un elemento que en este campo resulta ineludible. Goffman (2001) documentó cómo las instituciones que acompañan durante períodos prolongados producen efectos sobre la identidad de quienes las habitan que el personal institucional no suele percibir como tales, precisamente porque forman parte del funcionamiento normal. En el campo de la discapacidad, los estudios críticos latinoamericanos han mostrado que la ideología de la normalidad opera naturalizando prácticas que, vistas desde la posición de quien las recibe, resultan restrictivas (Rosato y Angelino, 2009; Yarza de los Ríos et al., 2020).

De allí que una autoevaluación conducida desde una sola posición tienda a reproducir el relato que la organización ya tiene sobre sí misma. El contraste entre miradas introduce, en cambio, un mecanismo estructural que puede interrumpir ese relato, porque incorpora al proceso a quienes ocupan posiciones desde las cuales ciertas prácticas se ven de otro modo.

El contraste como procedimiento

La noción de triangulación ofrece el fundamento metodológico. Denzin (2012) precisó que su valor no reside en la convergencia de fuentes como prueba de validez, sino en la comprensión más densa que produce el cruce de perspectivas parciales, incluidas sus contradicciones. Aplicado a la evaluación organizacional, este principio invita a leer la discrepancia entre evaluadores como información sustantiva antes que como error de medición.

La formulación de Haraway (1988) sobre los conocimientos situados permite precisar el argumento. Si toda perspectiva es parcial y posicionada, la objetividad no se alcanza suprimiendo las posiciones sino articulándolas de manera explícita. Los cuatro evaluadores de este instrumento no son medidas repetidas del mismo objeto, sino observadores situados en posiciones estructuralmente distintas, con acceso a porciones diferentes de la realidad institucional. En esos términos, esperar convergencia entre ellos sería un error conceptual antes que un requisito de calidad métrica.

Este marco encuentra su correlato organizacional en la comprensión de las organizaciones como sistemas complejos (Etkin, 2009; Morin, 1990), cuya evaluación difícilmente pueda resolverse mediante una grilla externa uniforme, y en la concepción de la autoevaluación como dispositivo de reflexividad antes que como verificación de conformidad (Schalock y Verdugo, 2013).

3.- Metodología

La propuesta que se expone no es una construcción especulativa. Deriva de un proceso de investigación mixto secuencial (Creswell y Plano Clark, 2018) que articuló tres fuentes y una prueba de aplicación en campo, cuyo detalle metodológico se documenta en otro lugar. Se resumen aquí los elementos indispensables para valorar el fundamento del diseño.

La primera fuente fue una revisión sistemática de literatura sobre evaluación de la calidad en servicios de discapacidad, que identificó el banco de dimensiones con presencia más consistente en la producción internacional y documentó, entre sus vacíos, la subrepresentación de la perspectiva de las personas con discapacidad en los instrumentos disponibles. La segunda fue una consulta complementaria a informantes clave con experiencia en auditoría del sector, orientada a contrastar ese banco con las condiciones reales del campo argentino.

La tercera fue un proceso Delphi de dos rondas con un panel de once personas expertas del campo argentino, provenientes de cuatro perfiles complementarios, esto es, investigadores académicos, personas con responsabilidades directivas en organizaciones, especialistas en políticas públicas y representantes de personas con discapacidad y de sus familias. El panel valoró la pertinencia de las dimensiones y la relevancia y viabilidad de setenta y dos indicadores mediante escalas Likert de 1 a 5, y respondió preguntas abiertas que se codificaron temáticamente (Braun y Clarke, 2006). Sobre 268 respuestas abiertas se generaron 1.088 segmentos codificados en 39 códigos abiertos y 12 categorías axiales.

Finalmente, el instrumento resultante se sometió a una prueba piloto de usabilidad en treinta organizaciones del campo de la discapacidad intelectual y del desarrollo, distribuidas en jurisdicciones de las cinco grandes regiones del país y heterogéneas en tamaño y grado de desarrollo institucional. La prueba tuvo un alcance deliberadamente acotado. No buscó juzgar la calidad de las organizaciones participantes ni producir resultados generalizables sobre el campo, sino establecer si el instrumento funcionaba en la práctica. Cada organización condujo su autoevaluación de manera autónoma, con orientación disponible a distancia, y al concluirla cada actor participante completó por separado un cuestionario de usabilidad valorado en una escala de cuatro niveles de acuerdo. El acompañamiento fue íntegramente virtual, por dos razones. La primera fue práctica, dada la dispersión geográfica de la muestra. La segunda fue de coherencia con el propio diseño, en tanto la herramienta declara ser autoaplicable y esa condición habría quedado desmentida si su aplicación hubiera dependido de la presencia de quien investiga.

4.- La arquitectura de cuatro miradas

Los cuatro evaluadores y lo que cada uno aporta

La decisión de estructurar el instrumento en cuatro evaluadores traduce al diseño un principio simple. La calidad de los apoyos no puede evaluarse desde una sola posición, porque cada actor accede a una parte distinta de la realidad institucional que los demás no pueden observar en su lugar. Cada versión comparte la estructura dimensional pero adapta la formulación de los ítems, el lenguaje y el foco a lo que su evaluador está en condiciones de observar.

Tabla 1. Los cuatro tipos de evaluadores y la perspectiva que aporta cada uno

Tipo de evaluador

Perspectiva que aporta

Adaptación de su versión

Equipo de conducción

Rumbo estratégico, recursos, compromisos institucionales y condiciones estructurales que enmarcan las prácticas

Énfasis en las dimensiones de gobierno, esto es, estrategia, ética, gestión, alianzas e incidencia e infraestructura

Equipos técnicos

Funcionamiento institucional desde adentro y la brecha entre lo prescripto y lo posible en el trabajo diario

Las trece dimensiones con el mayor nivel de detalle

Personas con discapacidad

Fuente primaria sobre el trato recibido, la personalización de los apoyos, el respeto a las decisiones y la participación

Dimensiones centradas en su experiencia, en lectura fácil y con apoyos pictográficos

Familias y redes de apoyo

Mirada complementaria y continuidad temporal, y relación que la organización construye con ellas

Dimensiones ligadas a la experiencia cotidiana y al vínculo entre organización y familia

La inclusión del equipo de conducción merece una precisión, porque su aporte informativo es el más prescindible de los cuatro. Buena parte de lo que ese actor conoce podría obtenerse de otras fuentes o de la documentación institucional. Su participación responde a una razón distinta, de orden práctico. El compromiso de la conducción es la condición que determina si el proceso tendrá consecuencias o quedará como un ejercicio formal, y esa condición se construye mejor haciéndola parte del proceso que destinataria de su informe.

La cobertura dimensional

No todas las dimensiones se evalúan desde las cuatro perspectivas por igual. Cada versión cubre aquello que su evaluador puede observar con conocimiento genuino, de modo que los equipos técnicos recorren el conjunto, el equipo de conducción se concentra en las dimensiones de gobierno, y las personas con discapacidad y las familias abordan las más próximas a su experiencia. Preguntar a una persona sobre la planificación estratégica de la organización que la acompaña no ampliaría su participación, sino que la convertiría en un trámite.

Tabla 2. Cobertura de las trece dimensiones según el tipo de evaluador

Dimensión

Conducción

Equipos técnicos

Personas con discapacidad

Familias

1. Personas con discapacidad

Protagonista

2. Redes de apoyo

Parcial

Protagonista

3. Derechos

4. Equipos

Protagonista

5. Ética

Parcial

6. Estrategia

Protagonista

7. Innovación en servicios

Protagonista

8. Infraestructura

Parcial

9. Seguridad y prevención de riesgos

Protagonista

Parcial

Parcial

10. Gestión organizacional

Protagonista

11. Accesibilidad

12. Comunicación

13. Alianzas e incidencia

Protagonista

Nota. Protagonista indica fuente primaria de la dimensión; , que la evalúa; Parcial, que evalúa solo los aspectos que percibe desde su experiencia; y el guion, que no la evalúa.

Cuatro dimensiones son evaluadas por los cuatro actores, esto es, Personas con discapacidad, Derechos, Accesibilidad y Comunicación. Son, precisamente, las que concentran la experiencia directa del apoyo, y por lo tanto aquellas en que el contraste entre miradas produce la información más densa.

La escala de valoración y el perfil dimensional

Cada indicador se valora mediante una escala de cuatro niveles que describe estadios de desarrollo de la práctica evaluada. El nivel 1 corresponde a la ausencia, en tanto la organización no ha abordado todavía el aspecto que el indicador evalúa. El nivel 2 corresponde al desarrollo incipiente, cuando la organización ha comenzado a trabajar en ese aspecto de manera parcial, inconsistente o sin sostenerse en el tiempo. El nivel 3 corresponde al desarrollo consolidado, cuando la práctica está instalada, es consistente y se sostiene, aunque presente áreas de mejora identificables. El nivel 4 corresponde al desarrollo pleno, cuando la práctica produce resultados verificables en la calidad de vida de las personas y es objeto de evaluación y mejora continua.

La escala se diseñó con cuatro niveles y no con cinco para evitar la tendencia a las respuestas intermedias que presentan las escalas impares, y para forzar a la organización a pronunciarse sobre el estadio en que efectivamente se encuentra. La distinción entre el nivel 2 y el nivel 3 es la más exigente, porque requiere evaluar no solo si la organización hace algo, sino si lo hace con consistencia y en el tiempo.

Completadas las versiones, el instrumento produce un perfil por dimensión, esto es, el promedio de los niveles asignados a los ítems de cada dimensión, por evaluador, representable en un diagrama de radar. No se produce una puntuación total ni un umbral de acreditación, porque la función del instrumento es orientar y no clasificar. No existe una cifra que una organización deba alcanzar para ser considerada de calidad. Cada organización utiliza su propio perfil como punto de partida y establece sus propias metas en función de sus condiciones, sus recursos y sus prioridades.

Indicadores de aplicación estándar y de desarrollo progresivo

El perfil distingue, dentro de cada dimensión, los indicadores de aplicación estándar de los de desarrollo progresivo. Esta diferenciación surgió del proceso Delphi, donde los once expertos avalaron por unanimidad que ciertos indicadores debían operar como metas de mejora gradual y no como exigencias inmediatas, en atención a la heterogeneidad de recursos y contextos entre organizaciones.

Ambos tipos se valoran con la misma escala de cuatro niveles y se interpretan de manera diferenciada. Un nivel bajo en un indicador estándar señala una brecha que la organización debería poder cerrar en el corto plazo. Un nivel bajo en un indicador de desarrollo progresivo se lee como una meta gradual, situada en función de los recursos y las condiciones de la organización, y no como un déficit que la descalifique. Esta distinción evita que las organizaciones con menos recursos queden penalizadas por aspirar a los horizontes más exigentes del paradigma.

Por qué el instrumento no promedia

Que el instrumento se administre en cuatro versiones no significa que el proceso consista en sumar o promediar cuatro puntajes hasta obtener una cifra única. El valor de la estructura no reside en agregar las cuatro miradas sino en contrastarlas. Promediar tendría tres consecuencias indeseables.

La primera es que trataría las discrepancias como ruido y produciría una cifra que no describe la posición de ninguno de los actores. Si la conducción valora una práctica en nivel 3 y las personas la valoran en nivel 1, el promedio de 2 no representa a nadie y oculta exactamente aquello que hacía informativo el dato. La segunda es que diluiría de manera sistemática la valoración de los grupos menos numerosos, que en este diseño son precisamente aquellos cuya voz el instrumento busca proteger. La tercera es que restituiría, por vía aritmética, la valoración única que el diseño se propuso evitar.

Por eso el informe de resultados no colapsa las cuatro versiones en un promedio, sino que las presenta lado a lado por dimensión, y la guía de aplicación orienta a la organización a leer especialmente las brechas entre evaluadores como el punto de partida del trabajo de mejora.

Una precisión adicional gobierna la participación de las personas con discapacidad. Su valoración no se debate ni se promedia con la de otros actores. Opera como fuente primaria en las dimensiones que las tienen por protagonistas, y su versión se ofrece en formato de lectura fácil y con apoyos pictográficos, de modo que su participación resulte efectiva y no meramente declarativa. Sin esa condición de accesibilidad, la inclusión de la persona en el proceso quedaría enunciada en el diseño y negada en la práctica. Una organización no puede evaluar su accesibilidad comunicacional mediante un instrumento que las personas destinatarias no pueden leer.

5.- El proceso de aplicación en las organizaciones

Condiciones previas

Para que la herramienta produzca resultados significativos, su aplicación requiere tres condiciones que no dependen de los recursos materiales de la organización sino de su disposición institucional. La primera es el compromiso del equipo de conducción, porque si la dirección no está genuinamente comprometida con el uso de los resultados, el instrumento se convierte en un ejercicio formal sin consecuencias. La segunda es la participación plural, que involucra a los cuatro tipos de evaluadores. La tercera es la honestidad evaluativa, en tanto la autoevaluación solo produce conocimiento útil si los participantes evalúan lo que efectivamente ocurre y no lo que desearían que ocurriera o lo que creen que se espera de ellos.

La guía de aplicación orienta sobre cómo crear esas condiciones, con sugerencias sobre la conformación del equipo evaluador, la introducción del proceso con los distintos actores, el manejo de las resistencias que suelen emerger ante la visibilización de las brechas y la construcción de un clima de confianza que habilite la honestidad evaluativa.

Los cuatro momentos del proceso

El proceso se desarrolla en cuatro momentos sucesivos. El primero es la preparación, cuando la organización conforma el equipo coordinador, introduce la herramienta a los actores que participarán, establece el calendario y adapta los materiales si resulta necesario.

El segundo es la valoración, cuando cada actor o grupo de actores completa el instrumento de manera independiente, antes de compartir sus valoraciones con los demás. Esta independencia es una condición constitutiva del método y no un detalle procedimental. Si las personas con discapacidad valoran una práctica en presencia de los profesionales que la sostienen, o si los equipos técnicos lo hacen ante la conducción, la asimetría de poder inherente a la relación institucional condiciona la respuesta y el contraste pierde su valor informativo.

El tercero es la puesta en común, cuando el equipo coordinador compila las valoraciones y las presenta al conjunto, abriendo un espacio de diálogo sobre las convergencias y las divergencias. Es el momento en que la brecha se convierte en objeto de trabajo. Cuando el equipo de conducción y los equipos técnicos evalúan en nivel 3 una práctica que las personas con discapacidad evalúan en nivel 1 y las familias en nivel 2, esa distribución es en sí misma un dato relevante sobre la organización.

El cuarto es la elaboración del plan de mejora, cuando la organización identifica las dimensiones e indicadores que priorizará, establece metas concretas y asigna responsabilidades y plazos. El procesamiento lo realiza el propio equipo coordinador siguiendo la guía, sin necesidad de software especializado ni de asistencia técnica externa.

6.- Evidencia disponible sobre la propuesta

El respaldo del panel experto

El análisis cualitativo del proceso Delphi mostró que la centralidad de la voz de las personas y sus familias no fue una decisión del diseño impuesta al panel, sino una demanda que el panel formuló de manera recurrente. La categoría Satisfacción, escucha y voz de usuarios reunió 117 menciones presentes en diez de los once expertos, articulada en torno a los códigos Familias y redes de apoyo, con 43 menciones, Satisfacción del usuario, con 39, y Voz y escucha de las personas con discapacidad, con 35. La categoría más densamente codificada de todo el corpus fue Persona, autodeterminación y vida elegida, con 186 menciones presentes en la totalidad del panel.

El panel concibió la participación y la escucha no como un principio retórico, sino como una práctica que requiere dispositivos institucionales específicos de consulta, registro y devolución de resultados. Al validar las evidencias observables con que verificar cada indicador, diez de las diecinueve propuestas fueron consideradas pertinentes por la totalidad del panel, entre ellas las entrevistas a personas con discapacidad y a familias, las encuestas de satisfacción, los materiales accesibles y los registros de reclamos y sugerencias. Varios expertos añadieron una precisión que orienta el diseño, a saber, que no basta con registrar que se escuchó, sino que corresponde documentar qué hizo la institución con lo que escuchó.

En la segunda ronda, la categoría Participación, voz y devolución de resultados reunió 28 menciones en siete de los once expertos, lo que confirma que la demanda se sostuvo a lo largo de todo el proceso y no se agotó en la formulación inicial.

La revisión previa al pilotaje

Antes de la prueba en campo, el prototipo completo fue sometido a una revisión de contenido a cargo de un revisor con trayectoria en el campo de la discapacidad y en la conducción de organizaciones del sector. Sus observaciones se ordenaron en dos ejes, y ambos resultan pertinentes para la propuesta que aquí se expone.

El primero fue de accesibilidad cognitiva. Los textos de presentación y algunas consignas empleaban un lenguaje demasiado técnico para sus destinatarios y debían reescribirse en lectura fácil. La observación señalaba una incoherencia interna del prototipo, en tanto un instrumento que sostiene la accesibilidad cognitiva como principio no podía presentarse en un registro que sus propios destinatarios no comprendieran.

El segundo fue de adecuación al campo real. Varios ítems dirigidos al equipo de conducción presuponían un grado de formalización que muchas organizaciones del sector no alcanzan, al preguntar por la existencia de políticas o protocolos escritos. El criterio de ajuste fue uniforme, esto es, sustituir la existencia de un documento formal por la práctica efectiva, esté o no documentada, dejando que la evidencia documental opere como uno de los modos posibles de constatarla y no como la condición de su existencia. Las tres versiones restantes fueron aprobadas sin observaciones.

La aplicabilidad en campo

La prueba piloto en treinta organizaciones aportó evidencia sobre una cuestión distinta y previa, la de si un instrumento así estructurado puede aplicarse con los recursos reales del sector. Los cinco criterios de usabilidad obtuvieron valoraciones altas y homogéneas, con medias superiores a 3,5 sobre 4, mediana de 4 en todos los casos y porcentajes de acuerdo iguales o superiores al 94 %.

Tabla 3. Resultados de usabilidad por criterio en la prueba piloto (n = 30 organizaciones)

Criterio

Media

Mediana

% de acuerdo (3-4)

Comprensibilidad

3,72

4

97,8 %

Pertinencia contextual

3,64

4

98,9 %

Viabilidad de aplicación

3,59

4

94,4 %

Riqueza de los resultados

3,70

4

96,6 %

Orientación hacia la mejora

3,70

4

98,9 %

Nota. Escala de cuatro niveles de acuerdo. Tratamiento descriptivo, dado el carácter exploratorio de la prueba.

En la valoración global, las organizaciones consideraron el instrumento pertinente para el sector, con media 3,87, fácil de usar, con 3,83 y acuerdo unánime, útil, con 3,77, y factible de aplicar, con 3,73. Veintiocho de las treinta organizaciones manifestaron que lo recomendarían a otra organización del sector, una respondió que tal vez y una respondió de manera negativa.

El detalle por ítem resultó revelador. El ítem mejor valorado de todo el cuestionario fue, precisamente, el que interroga por el contraste entre miradas: la afirmación de que aquello señalado como «para conversar» es valioso alcanzó una media de 3,90 con acuerdo unánime. El ítem más bajo fue el que sostiene que la herramienta muestra cosas que antes no se tenían tan claras, con 3,38. Leídos juntos, ambos precisan qué aporta el instrumento, esto es, no tanto revelar lo desconocido como permitir poner en común lo que cada grupo ya sabía por separado. El valor no estuvo en la revelación sino en la conversación, que es exactamente lo que el contraste entre miradas se propone habilitar.

El criterio con la valoración más baja, aunque igualmente alta en términos absolutos, fue la viabilidad de aplicación, con 3,59 y el 94,4 % de acuerdo. Ese resultado es coherente con la naturaleza de la propuesta. Un proceso que requiere administrar cuatro versiones a cuatro grupos distintos, en momentos independientes, y luego ponerlos en diálogo, es necesariamente más exigente en tiempo institucional que un cuestionario único respondido por la conducción. La contrapartida de esa exigencia es la información que el proceso produce.

La aplicación de la herramienta durante el piloto generó, además, un registro de las valoraciones por dimensión y por mirada. Ese registro no forma parte del objeto de estudio, que fue la usabilidad del instrumento, y debe leerse a título estrictamente descriptivo, con las salvedades de una muestra de treinta casos autoseleccionados por convocatoria y de valoraciones autoinformadas y deliberativas, no sometidas a pruebas de confiabilidad. Su interés no reside en lo que dice de las organizaciones participantes, sino en lo que muestra sobre el comportamiento del instrumento.

En ese plano, dos observaciones resultan pertinentes. La primera es que el instrumento discrimina. Las medias por dimensión se distribuyeron en un rango de 2,66 a 3,13 sobre 4, y las valoraciones se repartieron entre los cuatro niveles de la escala, con un 24,8 % en el nivel más alto y un 32,7 % en los dos más bajos, de modo que la herramienta no aplanó las respuestas ni las concentró en un único estadio. Un instrumento en el que todas las dimensiones obtuvieran valoraciones equivalentes no orientaría ninguna decisión de mejora.

La segunda, y más relevante para la propuesta, es que las cuatro miradas efectivamente difirieron. El equipo de conducción promedió la valoración más alta, con 3,06, y los equipos técnicos la más baja, con 2,79, mientras que las familias, con 2,86, y las personas con discapacidad, con 2,85, se ubicaron en posiciones intermedias; y el 17,2 % de las combinaciones de organización y dimensión superó el umbral de brecha previsto para señalar un punto «para conversar», esto es, una diferencia de al menos punto y medio entre la mirada más alta y la más baja. Ese porcentaje es lo bastante alto como para que la herramienta tenga algo que devolver a cada organización y lo bastante bajo como para que el señalamiento conserve su carácter selectivo. Sobre todo, el contraste no se distribuyó de manera homogénea entre las dimensiones, lo que indica que no es un mero artefacto del número de miradas que responde cada una: entre las seis dimensiones que evalúan las cuatro miradas, la proporción de organizaciones señaladas «para conversar» fue del 40 % en Derechos y del 10 % en Personas con discapacidad (Tabla 4). Si las divergencias dependieran solo de la cobertura, ambas, de cobertura completa, mostrarían proporciones semejantes. Que no lo hagan sugiere que el contraste responde a diferencias sustantivas y no a una propiedad del diseño, aunque determinar qué parte expresa desacuerdo sobre la práctica y qué parte criterios distintos de aplicación de la escala exigiría un estudio de acuerdo entre observadores que este trabajo no realizó.

Tabla 4. Dimensiones señaladas «para conversar», por dimensión (n = 30 organizaciones)

Dimensión

Organizaciones

%

Derechos

12

40 %

Prácticas éticas

8

27 %

Accesibilidad

8

27 %

Comunicación

8

27 %

Redes de apoyo

7

23 %

Seguridad y prevención de riesgos

5

17 %

Innovación en servicios

4

13 %

Infraestructura

4

13 %

Personas con discapacidad

3

10 %

Equipos

3

10 %

Gestión organizacional

2

7 %

Alianzas e incidencia

2

7 %

Estrategia

1

3 %

Nota. Elaboración propia sobre los resultados de la aplicación en la prueba piloto. Se señala «para conversar» toda dimensión con una diferencia de al menos punto y medio entre la mirada más alta y la más baja.

Lo que las organizaciones señalaron

El análisis cualitativo de las preguntas abiertas, respondidas por veintidós organizaciones, identificó nueve observaciones recurrentes, ninguna de las cuales alcanzó un tercio de las respuestas. La más frecuente fue la dificultad para decidir el nivel de la escala, señalada por cinco organizaciones, el 23 % de las que comentaron. La siguieron, con cuatro menciones cada una, el 18 %, el lenguaje y la aplicabilidad de la versión destinada a las personas con discapacidad, la ausencia de una opción de no aplica según el tipo de servicio y diversas mejoras de la plataforma que aloja el instrumento. La extensión del proceso apareció en tres organizaciones, el 14 %, y la ausencia de una mirada sobre los resultados, el impacto y el contexto, en dos, el 9 %. Buena parte de las sugerencias no se dirigió al contenido del instrumento sino a la plataforma, con pedidos como que el informe conserve el código de color al imprimirse o que exista una versión adaptada a teléfono.

Una observación de contenido reapareció, en cambio, con cierta consistencia, y afecta directamente al núcleo de la propuesta. Se señalaron el lenguaje de algunos ítems de la versión destinada a las personas con discapacidad y la falta de criterios para su aplicación cuando la persona no puede responder por sí misma. Esa observación coincide con la formulada en la revisión previa al pilotaje y queda registrada como línea de mejora para futuras versiones.

La propuesta en relación con otros instrumentos

Situar un instrumento nuevo respecto de los que lo anteceden permite mostrar qué comparte con criterios ya establecidos y qué aporta de específico. Se seleccionaron cinco referencias que cubren el espectro de la evaluación de la calidad en este campo, desde los modelos generales de excelencia y gestión hasta los instrumentos centrados en la persona.

Tabla 5. Participación de las personas con discapacidad y las familias en cinco instrumentos de evaluación de la calidad

Instrumento

Marco predominante

Participación de personas y familias

Finalidad

Autoaplicable

Modelo EFQM

Excelencia y gestión

Cliente por retroalimentación; no protagonista

Mejora y reconocimiento

Autoevaluación con validación externa

ISO 9001:2015

Gestión de la calidad por procesos

Cliente por retroalimentación; no protagonista

Certificación

Requiere auditoría externa

Premio Nacional a la Calidad (Argentina)

Excelencia en la gestión

Cliente o ciudadano; no protagonista

Premio y reconocimiento

Autoevaluación con evaluación externa

Modelo de Calidad Plena

Calidad de vida y derechos

Protagonista (personas y familias)

Mejora, con posible acreditación

Autoaplicable

Escala de Eficacia y Eficiencia Organizacional (OEES)

Calidad de vida aplicada a la organización

Centrada en los resultados personales

Mejora y evaluación de resultados

Autoevaluación organizacional

Instrumento propuesto

Calidad de vida y derechos (CDPD)

Protagonista, con cuatro actores y versión en lectura fácil

Formativa; no certifica ni acredita

Plenamente autoaplicable

Nota. Elaboración propia. Fuentes: European Foundation for Quality Management (2019); International Organization for Standardization (2015); Ley N.º 24.127 (1992); Plena inclusión España (2022); Schalock et al. (2015).

Las convergencias no se distribuyen de manera uniforme. La más profunda es con el Modelo de Calidad Plena de Plena inclusión España (2022), con el que se comparte el marco conceptual, la articulación entre calidad de vida, gestión y ética, y la incorporación de personas y familias con adaptaciones que hagan efectiva su participación. La segunda es con la Escala de Eficacia y Eficiencia Organizacional del INICO (Schalock et al., 2015), con la que se comparte el desplazamiento desde el cumplimiento documental hacia los resultados personales y la valoración mediante indicadores graduales.

Con la norma ISO 9001 la convergencia es metodológica antes que conceptual. Se comparte el ciclo de mejora continua y la orientación a sistematizar las prácticas. Lo que no se comparte es la lógica de conformidad, en tanto la norma certifica que los procesos son consistentes con lo declarado sin interrogar sus efectos sobre la vida de las personas. Las coincidencias con el modelo EFQM y con el Premio Nacional a la Calidad son de alcance más general y operan como respaldo de criterios de calidad organizacional antes que como fuente de las decisiones específicas del instrumento.

Lo que ninguno de los instrumentos comparados reúne en una sola herramienta es la combinación de cuatro rasgos, esto es, el anclaje explícito en la Convención y en el modelo de calidad de vida, la participación protagonista de cuatro actores incluida la persona con discapacidad en lectura fácil, una finalidad estrictamente formativa que renuncia a certificar, y la autoaplicabilidad plena sin evaluador externo. Que las convergencias más profundas se produzcan con los dos instrumentos específicos del ámbito de la discapacidad, y no con los modelos generales de gestión, indica dónde está el anclaje principal de la propuesta.

7.- Discusión

Una inversión en el tratamiento de la discrepancia

La propuesta se sostiene sobre una inversión del modo habitual de tratar la divergencia entre informantes. Donde un enfoque psicométrico clásico la leería como un problema de acuerdo interevaluador, este diseño la lee como información sobre la organización. El fundamento de esa inversión es que los cuatro evaluadores no son medidas repetidas del mismo objeto, sino observadores situados en posiciones estructuralmente distintas. En esos términos, esperar convergencia sería un error conceptual antes que un requisito de calidad métrica.

Esta lectura tiene un antecedente claro en el modo en que el campo trató la relación entre autoinforme e informe de terceros en la evaluación de la calidad de vida (Gil-Llario et al., 2016; Verdugo et al., 2013). Lo que la propuesta agrega es el traslado de ese principio al nivel organizacional, donde la evaluación siguió apoyándose de manera predominante en el reporte institucional.

Lo que puede afirmarse y lo que no

Conviene delimitar con precisión el alcance de lo que aquí se sostiene. La prueba piloto evaluó si el instrumento funciona, no la calidad de las organizaciones participantes. Su cuestionario de usabilidad indagó la comprensibilidad, la pertinencia, la viabilidad, la riqueza de los resultados y la orientación hacia la mejora. Las valoraciones por dimensión y por mirada que la aplicación produjo se reportan como material descriptivo, pero el estudio no fue diseñado para establecer de manera concluyente la magnitud ni la dirección de las brechas entre evaluadores.

La afirmación central de este artículo, según la cual la discrepancia entre miradas constituye el dato más informativo del proceso, es en consecuencia una tesis de diseño fundamentada en el marco teórico y avalada por el panel experto, y no un hallazgo empírico establecido. Establecerlo requiere un estudio específico sobre los resultados de aplicación, que constituye la línea de continuidad más inmediata de este trabajo. Ese estudio debería documentar la magnitud y la dirección de las brechas por dimensión, y examinar si las organizaciones que trabajan sobre ellas producen cambios verificables en las valoraciones sucesivas.

Cuestiones abiertas

Tres cuestiones quedan pendientes. La primera es la de los criterios de aplicación cuando la persona con discapacidad no puede responder por sí misma, señalada tanto en la revisión previa al pilotaje como por las organizaciones participantes. Resolverla sin recaer en la sustitución de la voluntad, que la Convención proscribe, exige desarrollar apoyos para la expresión antes que mecanismos de reemplazo, en la línea que la literatura sobre autodeterminación y apoyos a la toma de decisiones viene explorando (Björnsdóttir et al., 2015; Wehmeyer, 2005).

La segunda es la del tratamiento de las brechas cuando el instrumento se aplica de manera periódica. No resulta evidente que la reducción de la distancia entre miradas constituya por sí misma un indicador de mejora. Podría también expresar que las valoraciones se han alineado con el relato institucional, lo que sería el resultado opuesto al buscado. Discriminar entre ambas lecturas requiere atender a la dirección del cambio y no solo a su magnitud.

La tercera es la de las condiciones institucionales que hacen posible que una organización sostenga un dispositivo que, por diseño, produce información incómoda sobre sí misma. Un instrumento que jerarquiza la voz de las personas por sobre el relato institucional solo funciona si la conducción está dispuesta a sostener sus resultados. De allí que el proceso incluya al equipo de conducción como uno de los cuatro evaluadores y no solo como destinatario del informe, y que la guía de aplicación dedique atención específica al manejo de las resistencias que la visibilización de las brechas suele producir.

Limitaciones

Tres limitaciones acotan el alcance de lo expuesto. La primera, ya señalada, es que la tesis central no cuenta todavía con verificación empírica. La segunda es que la evidencia de aplicabilidad proviene de una muestra no probabilística de organizaciones que aceptaron participar, lo que introduce un sesgo previsible hacia instituciones con mayor disposición a la autoevaluación. La tercera es que la prueba se circunscribió al campo de la discapacidad intelectual y del desarrollo, por coherencia con el marco conceptual del que deriva el instrumento, de modo que su transferencia a otras modalidades prestacionales requiere verificación específica.

8.- Conclusiones

Este artículo expuso el fundamento de un instrumento de autoevaluación de la calidad organizacional que se administra en cuatro versiones paralelas y que, de manera deliberada, no promedia sus resultados. La propuesta traslada al nivel organizacional un principio que la evaluación de resultados personales en el campo de la discapacidad ya había incorporado, el de que distintas fuentes aportan información distinta y no intercambiable.

El diseño encuentra respaldo en un panel de once personas expertas que situó la voz y la escucha de las personas y sus familias entre las categorías más densamente codificadas de la consulta, y evidencia de aplicabilidad en una prueba piloto en treinta organizaciones heterogéneas, donde los cinco criterios de usabilidad superaron el 94 % de acuerdo y veintiocho de las treinta organizaciones manifestaron que recomendarían la herramienta.

Queda pendiente la verificación empírica de su tesis central, esto es, que la brecha entre miradas constituye el insumo más productivo para orientar la mejora. Esa verificación requiere un estudio sobre los resultados de aplicación y no sobre la usabilidad del instrumento, y constituye la continuidad natural de este trabajo.

La contribución que se ofrece es, en definitiva, un modo de organizar la evaluación que hace estructuralmente visible aquello que los dispositivos centrados en el reporte institucional tienden a ocultar, la distancia entre lo que una organización declara hacer y lo que las personas a las que acompaña efectivamente perciben. Sostener esa distancia dentro del instrumento, en lugar de resolverla mediante agregación, es la decisión de diseño que este artículo procuró fundamentar. Su justificación última no es técnica sino normativa. Si la calidad de un apoyo se define por lo que produce en la vida de una persona, entonces esa persona no puede ser el último actor en enterarse de cómo se la evalúa.

9.- Referencias

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