Mujeres entretejiendo saberes

Reflexiones sobre el trabajo grupal con madres de personas adultas con discapacidad en el contexto de la pandemia COVID-19

 

Autora

Mg. Karina Guerschberg

karinaguers@gmail.com

https://orcid.org/0000-0003-4874-4028

 

 DOI: 10.5281/zenodo.21910230

 

 

Resumen

Este texto reconstruye la experiencia de un grupo de madres que, en plena pandemia de COVID-19, encontraron en la conversación un espacio de apoyo, reflexión y transformación. A lo largo de más de ochenta encuentros, estas mujeres compartieron sus vivencias, cuestionaron mandatos maternos y construyeron nuevas formas de maternar, comunicarse y resistir frente a una sociedad que continúa invisibilizando la discapacidad. Se explora cómo el diálogo se convirtió en una herramienta clave para resignificar sus experiencias: en el grupo aprendieron a escuchar de otra manera, a validar sus propias emociones y a desafiar los estereotipos sobre la maternidad, al tiempo que revisaban cómo la urgencia de anticiparse a las necesidades de sus hijos e hijas podía limitar la propia autonomía y la de ellos. El recorrido pone también el foco en las barreras que enfrentan las personas con discapacidad en una sociedad que, en muchos casos, no les reconoce su plena ciudadanía, barreras que la pandemia agudizó, pero que también fortalecieron el compromiso de estas madres con la visibilización y la lucha por derechos. El texto invita así a repensar la maternidad, el cuidado y la comunicación desde una perspectiva más abierta y compartida, como testimonio colectivo sobre la palabra como puente para construir comunidades más justas e inclusivas.

Palabras clave: Discapacidad. Cuidado. Diálogo. Comunicación. Grupos de apoyo.

Abstract

This text reconstructs the experience of a group of mothers who, in the midst of the COVID-19 pandemic, found in conversation a space for support, reflection, and transformation. Over more than eighty meetings, these women shared their experiences, questioned maternal mandates, and built new ways of mothering, communicating, and resisting in a society that continues to render disability invisible. The text explores how dialogue became a key tool for resignifying their experiences: within the group, they learned to listen differently, to validate their own emotions, and to challenge stereotypes about motherhood, while also examining how the urgency of anticipating their children's needs could limit both their own autonomy and that of their children. The account further focuses on the barriers faced by people with disabilities in a society that, in many cases, does not fully recognize their citizenship, barriers that the pandemic intensified but that also strengthened these mothers' commitment to visibility and the fight for rights. The text thus invites a rethinking of motherhood, care, and communication from a more open and shared perspective, as a collective testimony to the power of the word as a bridge for building fairer, more inclusive communities.

Keywords: Disability. Care. Dialogue. Communication. Support groups.

 

Gracias a las mujeres que participaron del grupo : Alicia y Rosana (que ya partieron), Ana María, Andrea, Ángeles, Azucena, Claudia, Cristina, Gladys, Graciela, Laura, Liliana, Licia, Mónica, Mirta, Nilda, Nora, Patricia, Silvia F., Silvia M., Susana M., y Susana F.

Gracias a la Lic. Milagros Albornoz Orfila por la co coordinación del grupo

 

 

En medio del pánico y la soledad

La irrupción de la pandemia de COVID-19 marcó un antes y un después en la vida cotidiana de las familias. El confinamiento, la incertidumbre y las restricciones de circulación afectaron a todos, pero tuvieron un impacto particular en las familias de personas con discapacidad. En este contexto, un grupo de madres se reunió de manera sistemática para sostenerse mutuamente y reflexionar sobre sus experiencias. A lo largo de casi dos años y ochenta encuentros, se fueron tejiendo lazos, compartiendo vivencias y construyendo una nueva mirada sobre la crianza, el cuidado y el derecho a la autonomía de sus hijos e hijas.

La importancia del diálogo

Desde el inicio, las reuniones se configuraron como un espacio dialógico, donde la conversación no se limitó al intercambio de experiencias, sino que se convirtió en un medio para construir significados compartidos. Inspiradas en las ideas de Harlene Anderson (1997) las madres encontraron en el grupo un contexto donde no era necesario llegar a una única verdad, sino que podían explorar diferentes perspectivas y enriquecer su comprensión a través del encuentro con las otras. Se comprendió el diálogo no solo como una sucesión de palabras, sino como una actitud de apertura, curiosidad y escucha activa, donde cada intervención tenía el potencial de transformar a quien hablaba y a quien escuchaba.

Esta perspectiva dialógica encuentra fundamento en los desarrollos de Anderson y Goolishian (1988), quienes proponen pensar los sistemas humanos como sistemas lingüísticos: comunidades de significado que se constituyen y se transforman en el lenguaje y a través de él. Desde esta mirada, el grupo no fue un dispositivo que “contuviera” a las madres, sino un sistema generador de nuevas narrativas, en el que ninguna voz poseía de antemano la versión correcta de lo que debía decirse o sentirse. En sintonía con la propuesta del equipo reflexivo de Andersen (1991), las conversaciones del grupo funcionaron muchas veces como un espacio de “reflexión sobre la reflexión”: escuchar a otra madre pensar en voz alta sobre su propio dilema abría, paradójicamente, una posición desde la cual cada una podía mirar su propia experiencia con una distancia que en soledad resultaba inalcanzable.

El lenguaje y la comunicación fueron temas centrales en estas reuniones. Se habló sobre el peso de las palabras, sobre el acto de decir y de ser escuchadas, y sobre cómo la conversación puede generar nuevas posibilidades de acción. En este espacio, el hablar no era solo un ejercicio de descarga emocional, sino una forma de darle sentido a la experiencia, de encontrar nuevas formas de posicionarse ante los desafíos diarios y de legitimar saberes que muchas veces habían sido desestimados por los discursos expertos.

Este ejercicio de diálogo impactó de manera profunda en la comunicación de las madres con sus hijos, quienes enfrentan grandes desafíos en la expresión y el lenguaje. Muchas comenzaron a notar que, en la urgencia de interpretar sus gestos, miradas o silencios, a veces terminaban sobreprotegiéndolos o anticipando sus necesidades antes de que pudieran siquiera expresarlas. En el grupo, se reflexionó sobre la diferencia entre ser responsivas y ser sobreprotectoras, y sobre cómo la paciencia y la disposición a la escucha pueden abrir espacios para que los hijos encuentren sus propias formas de comunicación.

La pandemia, aunque intensificó la sensación de aislamiento, también permitió que este grupo se consolidara como una comunidad de sostén y aprendizaje mutuo. A medida que las madres se transformaban en su forma de dialogar entre ellas, también lo hacían en su comunicación con sus hijos. El espacio dialógico no solo les permitió sentirse comprendidas, sino que también les dio herramientas para abordar la comunicación con sus hijos desde un lugar menos impositivo y más abierto a la interpretación, al respeto por los tiempos del otro y a la posibilidad de construir juntos nuevos modos de expresarse.

Así, la conversación en el grupo dejó de ser solo un medio para compartir experiencias y se convirtió en una práctica que permeó sus hogares. Lo que comenzó como una necesidad de sostén durante la pandemia terminó transformándose en un cambio en la forma en que estas madres escuchan, interpretan y validan las múltiples maneras en que sus hijos intentan comunicarse con el mundo.

El rol materno y la tensión entre cuidado y autonomía

Uno de los ejes más debatidos fue el de la autonomía de las personas con discapacidad y el lugar que ocupan las madres en la construcción de ese camino. La pandemia puso en jaque muchas de las estrategias que habían desarrollado con sus hijos para fomentar su independencia, lo que generó nuevas preguntas: Cómo lograr que nuestros hijos se integren en la comunidad cuando el mundo se cierra? ¿Cuándo el acompañamiento se convierte en un obstáculo para su autonomía? ¿Cómo sostener la necesidad de cuidado sin que se convierta en sobreprotección?

En este sentido, se debatió sobre la diferencia entre acompañar y sustituir, sobre el miedo a soltar y sobre la construcción de redes de apoyo que permitan pensar en un futuro donde los hijos puedan desenvolverse más allá de sus familias.

La metáfora del "hogar" apareció con fuerza en estas conversaciones. Se discutió sobre qué significa "pertenecer" y cómo el acceso a la comunidad no debería depender exclusivamente del esfuerzo individual de cada familia, sino de un entramado social más amplio.

Esta tensión entre cuidar y dejar hacer no admite una resolución definitiva, y quizás esa sea precisamente su naturaleza. Annemarie Mol (2008) ha propuesto distinguir entre una lógica de la elección, que organiza la vida social en torno a decisiones puntuales, autonomía individual y resultados medibles, y una lógica del cuidado, que se sostiene en la atención continua, la adaptación permanente y el reconocimiento de que las necesidades del otro, y las propias, cambian de un día para otro. Pensar la autonomía de los hijos e hijas desde la lógica de la elección, como si se tratara de un punto de llegada que las madres deben simplemente “permitir”, desconoce que el cuidado, como sostiene Tronto (1993), es una práctica relacional que involucra atención, responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta, y que esa trama no se desarma por decreto: se transforma, se redistribuye, se aprende de nuevo entre todas las partes.

Lealtades y resignificación del rol materno

Uno de los conceptos que emergió con mayor fuerza a lo largo de los encuentros fue el de la lealtad. Las madres comenzaron a cuestionar hasta qué punto ciertos valores heredados habían moldeado su forma de maternar y si esas lealtades aún les eran útiles o, por el contrario, les imponían limitaciones. Así surgieron preguntas fundamentales: ¿A qué modelos de maternidad hemos sido leales sin detenernos a cuestionarlos? ¿Cuáles de esos mandatos nos han sostenido y cuáles nos han dejado atrapadas en roles de sacrificio absoluto? ¿Cómo construir una maternidad más libre, en la que podamos priorizarnos sin culpa?

El grupo se convirtió en un espacio donde no solo se pusieron en duda los estereotipos de la madre abnegada y resiliente, sino que también se legitimó el derecho a dudar, a sentir enojo y a abrazar la contradicción. Se reivindicó la posibilidad de equivocarse y de no tener todas las respuestas, entendiendo que maternar no debería ser una práctica exclusivamente atravesada por la renuncia.

Resulta iluminador, en este punto, recuperar la noción winnicottiana de la “madre suficientemente buena” (Winnicott, 1993): una madre que no necesita ser perfecta ni estar disponible de manera total y permanente para que el desarrollo emocional de su hijo o hija sea posible, sino que, por el contrario, es precisamente a través de sus fallas progresivas y toleradas como el otro encuentra el espacio para constituirse como sujeto separado. Trasladado al campo de la discapacidad, este principio adquiere una densidad particular: la idea de que una madre que falla un poco es una madre que habilita contradice frontalmente el mandato de entrega total que pesa sobre las madres de personas con discapacidad, para quienes cualquier “falla” suele leerse, por ellas mismas y por su entorno, como negligencia o abandono, y no como apertura. La consigna “menos lealtades, más claudicaciones” puede leerse, entonces, no como una renuncia al cuidado, sino como una reivindicación del derecho a fallar lo suficiente como para que otro pueda crecer. Esta reivindicación, sin embargo, no puede descansar únicamente en una transformación subjetiva: como advierte Fraser (2016), la crisis del cuidado en las sociedades contemporáneas no se resuelve pidiendo a las mujeres que se exijan menos, sino redistribuyendo socialmente una responsabilidad que hasta ahora recayó, casi en su totalidad, sobre sus hombros.

Desde la perspectiva dialógica (Anderson, 1997), estas conversaciones no fueron solo un intercambio de ideas, sino un proceso de co-construcción de nuevos significados sobre la maternidad. Al compartir sus experiencias, las madres no solo narraron sus historias, sino que, a través del diálogo y la escucha, transformaron su propia comprensión sobre lo que significa maternar en contextos de alta demanda.

La discapacidad en el espejo de la sociedad

A lo largo de los encuentros, se hizo evidente una realidad innegable: la discapacidad sigue siendo sistemáticamente invisibilizada en múltiples ámbitos. El grupo reflexionó sobre cómo las personas con discapacidad son representadas socialmente en dos extremos igualmente deshumanizantes: o como “cargas” que requieren asistencia constante, o como seres “angelicales” cuya existencia se idealiza, negándoles su complejidad y su derecho a la autodeterminación.

La pandemia agudizó estas desigualdades. La exclusión en la toma de decisiones, la falta de acceso prioritario a vacunas y la ausencia de políticas específicas para las personas con discapacidad fueron algunas de las situaciones que generaron mayor indignación en el grupo.

Esta doble representación, la discapacidad como carga o como bendición, ha sido ampliamente documentada por los estudios críticos sobre discapacidad, que la leen como una expresión del capacitismo: el conjunto de presunciones culturales, institucionales y discursivas que jerarquizan los cuerpos y las mentes según su proximidad a un ideal normativo de funcionamiento (Goodley, 2016). Desde el modelo social de la discapacidad, Oliver (1990) había advertido tempranamente que el problema no reside en los cuerpos de las personas con discapacidad, sino en una organización social que no fue diseñada contemplándolas, y que por eso mismo puede, y debe, ser transformada. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (Organización de las Naciones Unidas, 2006) consagra este desplazamiento al reconocer, en su artículo 19, el derecho a vivir de forma independiente y a ser incluido en la comunidad; sin embargo, como mostró con crudeza la pandemia, ese reconocimiento normativo no garantiza por sí mismo la protección efectiva en situaciones de crisis. En este sentido, el informe de la CEPAL elaborado por Meresman y Ullmann (2020) advirtió tempranamente que las personas con discapacidad de la región enfrentaban un riesgo desproporcionado frente al COVID-19, no por razones biológicas sino por la combinación de barreras preexistentes (en el acceso a la salud, a la información accesible y a redes de apoyo) que la emergencia sanitaria profundizó en lugar de crear. Lo que el grupo nombró como indignación frente a “decisiones médicas que priorizaban a unos sobre otros” no fue, entonces, una percepción aislada: fue la constatación, en primera persona, de un patrón que la propia CEPAL identificó a escala regional.

Las madres compartieron las batallas cotidianas que enfrentan: desde la lucha por conseguir turnos médicos y garantizar el acceso a la educación hasta la necesidad de exigir el respeto a los derechos fundamentales de sus hijos e hijas. Pero también emergieron estrategias de resistencia, formas de visibilización y herramientas para exigir lo que corresponde.

En este proceso, el grupo permitió a sus integrantes verse reflejadas unas en otras, comprendiendo que sus experiencias individuales eran parte de una realidad colectiva más amplia. Se rompió el aislamiento que muchas veces impone la crianza de un hijo con discapacidad y se generó un espacio donde la lucha no era solitaria, sino compartida.

Un espacio de transformación

Lo que en un principio surgió como un grupo de sostén emocional se convirtió en un espacio de transformación profunda. Las palabras dejaron de ser solo un vehículo para el desahogo y se convirtieron en una herramienta de resistencia. En el diálogo, las madres encontraron un camino para comprenderse mejor a sí mismas, y en la escucha mutua, una oportunidad para pensarse de manera diferente.

Las reuniones les permitieron no solo compartir experiencias, sino también generar nuevas preguntas, cuestionar certezas y construir relatos propios, no dictados exclusivamente por discursos médicos o por expectativas impuestas desde el exterior. En este espacio, la experiencia materna adquirió el estatuto de un conocimiento legítimo, en el que la validación no provenía de expertos, sino del reconocimiento entre pares.

Así, este grupo no solo atravesó la pandemia juntas, sino que la transformó en una oportunidad para reescribirse, desafiarse y proyectar un futuro donde el cuidado deje de ser una carga individual y pase a ser una responsabilidad social compartida.

Es en este proceso de reescritura donde intento ser testigo fiel, acompañando la reconstrucción de estas historias desde la escucha y la palabra compartida (Ricoeur, 2006).

El arte del encuentro y la construcción del pensamiento colectivo

El diálogo transforma. En la interacción con otras, se despliegan nuevas formas de pensar, de sentir, de entender nuestra propia historia y la de quienes nos rodean. Este trabajo grupal, surgido en un contexto de aislamiento y crisis sanitaria, se convirtió en un espacio de contención, aprendizaje y resignificación.

Nos encontramos con la palabra como vehículo de conexión. La conversación no es un simple intercambio de información, sino un proceso vivo de construcción colectiva donde cada voz, cada pausa y cada silencio tienen significado. En este entramado de experiencias, saberes y emociones, la comunicación fluye de manera no lineal: una idea se anuda con otra, un pensamiento despierta una memoria, un relato resuena en otro cuerpo y así, la trama del grupo se fortalece.

En este espacio, el conocimiento no se impone, sino que emerge en la relación con el otro. No se trata solo de hablar, sino de escuchar y ser escuchadas, de encontrar sentido en lo que se dice y en lo que se calla. Cada encuentro fue una oportunidad para resignificar experiencias, desafiar certezas, dar lugar a la incertidumbre y, sobre todo, habilitar otras formas posibles de ser y estar en el mundo.

No somos pescadoras solitarias esperando que "nuestra verdad" emerja del agua. Somos una red de pensamiento en movimiento, que se sumerge y se alza, donde cada hilo aporta su singularidad y, en la unión con los demás, se convierte en algo nuevo.

Lealtades, sacrificios y claudicaciones

Desde tiempos inmemoriales, la lealtad se ha asociado a grandes gestos de entrega, renunciamiento y sacrificio. Sin embargo, en el contexto del cuidado y acompañamiento de personas con discapacidad, esta idea adquiere una dimensión más compleja. ¿A quién o a qué hemos sido leales? ¿Qué mandatos han condicionado nuestras decisiones y emociones?

Las madres de personas con discapacidad han sido tradicionalmente ubicadas en un lugar de entrega absoluta, de amor incondicional que no deja margen para el cansancio, la duda o el enojo. Se espera de ellas una dedicación sin fisuras, una fortaleza inquebrantable. Pero, ¿qué pasa cuando la lealtad se vuelve una carga? ¿Cuándo el amor se confunde con la obligación de postergarse?

Aquí aparece la claudicación como una posibilidad de resistencia. En una sociedad que valora el sacrificio como virtud, claudicar puede ser visto como una falta, una falla. Pero también puede ser un acto de dignidad. Reconocer los límites propios, permitirse flaquear, expresar la frustración sin culpa, son formas de afirmar la propia humanidad.

Desde la economía feminista, Rodríguez Enríquez (2015) ha mostrado que la organización social del cuidado descansa de manera estructural sobre el trabajo no remunerado de las mujeres, y que esa carga no disminuye automáticamente cuando ellas se incorporan al mercado laboral, sino que se superpone a él. Las “lealtades” que el grupo puso en cuestión, entonces, no son solo convicciones personales: son la cara subjetiva de una distribución social del trabajo de cuidado que rara vez se nombra como tal.

"Menos lealtades, más claudicaciones."

Porque ser leal no significa inmolarse. Porque sostener el bienestar de otro no puede ser a costa del propio. Porque el verdadero compromiso es aquel que se construye desde la autonomía y el respeto, no desde la imposición de roles que perpetúan desigualdades.

La invisibilización de la discapacidad y la mirada social

La discapacidad es invisible para quienes no quieren verla. Se la oculta porque incomoda, porque desafía los ideales de belleza, de productividad, de normalidad. Se la vuelve una categoría marginal, ajena al centro de la vida social.

Pero, ¿qué pasa cuando los invisibles empiezan a hablar? ¿Cuando reclaman su lugar en el mundo? ¿Cuando exigen ser vistos no desde la lástima, sino desde el reconocimiento de sus derechos?

La pregunta por lo que ocurre “cuando los invisibles empiezan a hablar” puede pensarse en términos de lo que Axel Honneth (1997) denomina la lucha por el reconocimiento: la idea de que las experiencias de menosprecio social (ser tratado como menos, ser ignorado, no ser tomado en cuenta) no conducen necesariamente a la resignación, sino que pueden convertirse en el motor de demandas de justicia que exigen un reconocimiento antes negado. Que un grupo de madres, reunidas primero para sostenerse mutuamente, haya terminado articulando un reclamo colectivo de derechos no es un desvío respecto del propósito original del espacio: es, más bien, su consecuencia más coherente.

"...se hicieron invisibles
 de pronto no están
 Se hicieron invisibles
 de pronto... ¿dónde están?"

La pandemia profundizó esta invisibilización. En los criterios de vacunación, en la asignación de recursos sanitarios, en la falta de políticas que contemplaran las necesidades de las personas con discapacidad y sus familias. Se instaló la idea de que eran "descartables", que su vida valía menos.

Lo vimos en las decisiones médicas que priorizaban a unos sobre otros. Lo escuchamos en comentarios de funcionarios, en la falta de medidas concretas, en la indiferencia generalizada. Lo sentimos en el miedo y la incertidumbre de no saber si, llegado el momento, habría un lugar para ellos en el sistema de salud.

La discapacidad molesta porque interpela. No se ajusta a las lógicas del mercado, no responde a los ideales de independencia, eficiencia y productividad. Es una presencia que incomoda, porque expone los límites de un sistema que privilegia la norma y excluye la diferencia.

Pero estar aquí, alzando la voz, nombrando lo que se quiso callar, es ya un acto de visibilización. Porque no queremos ser vistas solo desde la lástima, ni desde la romantización de la "bendición". Queremos ser vistas como lo que somos: personas, ciudadanas, sujetas de derechos.

El lenguaje como forma de poder y resistencia

Desde la curiosidad de saber más del otro y permitir que el otro sepa más de mí, descubrimos que todo lo que se dice y cómo se dice tiene un peso en la construcción de la realidad.

Hablamos todo el tiempo, pero… ¿escuchamos?
 Nos expresamos, pero… ¿realmente nos entendemos?
 Nos mostramos, pero… ¿cómo somos percibidas?

El lenguaje es una herramienta de poder. Nombrar es hacer existir. Y cuando no se nos nombra, cuando se nos define desde categorías ajenas, cuando se nos encasilla en discursos prefabricados, se nos niega una parte fundamental de nuestra identidad.

Esta intuición, que nombrar es hacer existir y que no nombrar es una forma de negación, encuentra eco en la reflexión de Michel Foucault (1992) sobre el orden del discurso: en toda sociedad, la producción del discurso está controlada, seleccionada y redistribuida por una serie de procedimientos cuya función es conjurar sus poderes y peligros. Cuando el grupo se permitió “cuestionar etiquetas” y “desmontar estereotipos”, no estaba simplemente eligiendo otras palabras: estaba disputando, en una escala pequeña pero real, ese orden del discurso que decide qué puede decirse, quién puede decirlo y desde qué lugar. Anderson y Goolishian (1988) llamarían a esto la apertura de un sistema lingüístico hacia nuevas posibilidades de significado: un sistema que, hasta entonces, parecía clausurado en los términos que la medicina, la escuela o el sentido común habían fijado de antemano.

Este grupo ha sido un espacio de reconfiguración del lenguaje. Nos hemos permitido cuestionar etiquetas, desmontar estereotipos, ensayar nuevas formas de decir y de decirnos. Hemos comprendido que lo político atraviesa lo personal y que cada palabra que elegimos o descartamos tiene consecuencias.

No se trata solo de hablar, sino de ser escuchadas. De generar discursos que no solo expliquen, sino que transformen. De construir una narrativa propia que dé cuenta de nuestras vivencias sin simplificaciones ni reduccionismos.

"Decimos lo que decimos y genera un movimiento entre nosotras.
 Surgen ideas, propuestas.
 Lo digo, no lo digo.
 ¿Pasa algo si lo digo? Sí.
 Me escuchan.
 Opinan o no.
 Las caras se mueven.
 Los micrófonos se abren y cierran.
 Se dice lo que se dice.
 ¿Se juzga? No.
 ¿Se quiere tener razón? No.
 ¿Se agradece? Sí.
 Suficiente."

Este es un espacio de construcción de sentido. Un territorio donde el lenguaje no es solo herramienta, sino materia viva que nos define, nos vincula y nos abre posibilidades.

Entretejiendo un nuevo saber colectivo.

A modo de conclusión, no es casual hablar de tejido, de ronda, de círculo. Que sea un círculo nos ubica a todas en un mismo plano: somos mujeres, con saberes y emociones propias y diferentes. Este trabajo grupal nos ha permitido resignificar nuestras experiencias, poner en palabras lo silenciado, crear nuevas formas de pensar y de habitar el mundo. Nos acompañamos y nos escuchamos con respeto. No para imponer verdades, sino para construir colectivamente una narrativa más justa, más honesta, más cercana a la complejidad de nuestras vidas. Lo que aquí decimos no es definitivo. Es un entramado en permanente evolución, un tejido que se expande con cada voz que se suma. Porque en la unión de nuestras historias, pensamientos y emociones, creamos algo más grande que nosotras mismas: un nuevo saber colectivo.

Referencias

Andersen, T. (1991). The reflecting team: Dialogues and dialogues about the dialogues. W. W. Norton.

Anderson, H. (1997). Conversation, language, and possibilities: A postmodern approach to therapy. Basic Books.

Anderson, H. y Goolishian, H. (1988). Human systems as linguistic systems: Preliminary and evolving ideas about the implications for clinical theory. Family Process, 27(4), 371-393.

Foucault, M. (1992). El orden del discurso. Tusquets.

Fraser, N. (2016). Contradictions of capital and care. New Left Review, (100), 99-117.

Goodley, D. (2016). Disability studies: An interdisciplinary introduction (2.ª ed.). Sage.

Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento. Crítica.

Meresman, S. y Ullmann, H. (2020). COVID-19 y las personas con discapacidad en América Latina: mitigar el impacto y proteger derechos para asegurar la inclusión hoy y mañana (Serie Políticas Sociales N.° 237, LC/TS.2020/122). Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Mol, A. (2008). The logic of care: Health and the problem of patient choice. Routledge.

Oliver, M. (1990). The politics of disablement. Macmillan.

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Ricoeur, P. (2006). La memoria, la historia, el olvido. Fondo de Cultura Económica.

Rodríguez Enríquez, C. (2015). Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad. Nueva Sociedad, (256), 30-44.

Tronto, J. C. (1993). Moral boundaries: A political argument for an ethic of care. Routledge.

Winnicott, D. W. (1993). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador: estudios para una teoría del desarrollo emocional. Paidós.