Mujeres entretejiendo saberes
Reflexiones sobre el trabajo grupal
con madres de personas adultas con discapacidad en el contexto de la pandemia
COVID-19
Autora
Mg. Karina Guerschberg
karinaguers@gmail.com
https://orcid.org/0000-0003-4874-4028
DOI: 10.5281/zenodo.21910230
Resumen
Este texto reconstruye la experiencia de un grupo de madres que,
en plena pandemia de COVID-19, encontraron en la conversación un espacio de
apoyo, reflexión y transformación. A lo largo de más de ochenta encuentros,
estas mujeres compartieron sus vivencias, cuestionaron mandatos maternos y
construyeron nuevas formas de maternar, comunicarse y resistir frente a una
sociedad que continúa invisibilizando la discapacidad. Se explora cómo el
diálogo se convirtió en una herramienta clave para resignificar sus experiencias:
en el grupo aprendieron a escuchar de otra manera, a validar sus propias
emociones y a desafiar los estereotipos sobre la maternidad, al tiempo que
revisaban cómo la urgencia de anticiparse a las necesidades de sus hijos e
hijas podía limitar la propia autonomía y la de ellos. El recorrido pone
también el foco en las barreras que enfrentan las personas con discapacidad en
una sociedad que, en muchos casos, no les reconoce su plena ciudadanía,
barreras que la pandemia agudizó, pero que también fortalecieron el compromiso
de estas madres con la visibilización y la lucha por derechos. El texto invita
así a repensar la maternidad, el cuidado y la comunicación desde una
perspectiva más abierta y compartida, como testimonio colectivo sobre la
palabra como puente para construir comunidades más justas e inclusivas.
Palabras
clave: Discapacidad.
Cuidado. Diálogo. Comunicación. Grupos de apoyo.
This text reconstructs the experience of a
group of mothers who, in the midst of the COVID-19
pandemic, found in conversation a space for support, reflection, and
transformation. Over more than eighty meetings, these women shared their
experiences, questioned maternal mandates, and built new ways of mothering,
communicating, and resisting in a society that continues to render disability
invisible. The text explores how dialogue became a key tool for resignifying their experiences: within the group, they
learned to listen differently, to validate their own emotions, and to challenge
stereotypes about motherhood, while also examining how the urgency of
anticipating their children's needs could limit both their own autonomy and
that of their children. The account further focuses on the barriers faced by
people with disabilities in a society that, in many cases, does not fully
recognize their citizenship, barriers that the pandemic intensified but that
also strengthened these mothers' commitment to visibility and the fight for
rights. The text thus invites a rethinking of motherhood, care, and
communication from a more open and shared perspective, as a collective
testimony to the power of the word as a bridge for building fairer, more
inclusive communities.
Keywords: Disability. Care. Dialogue.
Communication. Support groups.
Gracias a las mujeres que participaron del grupo : Alicia y Rosana
(que ya partieron), Ana María, Andrea, Ángeles, Azucena, Claudia, Cristina,
Gladys, Graciela, Laura, Liliana, Licia, Mónica, Mirta, Nilda, Nora, Patricia,
Silvia F., Silvia M., Susana M., y Susana F.
Gracias a la Lic. Milagros Albornoz Orfila por la co coordinación
del grupo
En medio del pánico y la soledad
La irrupción de la pandemia de COVID-19 marcó un antes y un
después en la vida cotidiana de las familias. El confinamiento, la
incertidumbre y las restricciones de circulación afectaron a todos, pero
tuvieron un impacto particular en las familias de personas con discapacidad. En
este contexto, un grupo de madres se reunió de manera sistemática para
sostenerse mutuamente y reflexionar sobre sus experiencias. A lo largo de casi
dos años y ochenta encuentros, se fueron tejiendo lazos, compartiendo vivencias
y construyendo una nueva mirada sobre la crianza, el cuidado y el derecho a la
autonomía de sus hijos e hijas.
La importancia del diálogo
Desde el inicio, las reuniones se configuraron como un espacio
dialógico, donde la conversación no se limitó al intercambio de experiencias,
sino que se convirtió en un medio para construir significados compartidos.
Inspiradas en las ideas de Harlene Anderson (1997) las madres encontraron en el
grupo un contexto donde no era necesario llegar a una única verdad, sino que
podían explorar diferentes perspectivas y enriquecer su comprensión a través
del encuentro con las otras. Se comprendió el diálogo no solo como una sucesión
de palabras, sino como una actitud de apertura, curiosidad y escucha activa,
donde cada intervención tenía el potencial de transformar a quien hablaba y a
quien escuchaba.
Esta perspectiva dialógica encuentra fundamento en los desarrollos
de Anderson y Goolishian (1988), quienes proponen pensar los sistemas humanos
como sistemas lingüísticos: comunidades de significado que se constituyen y se
transforman en el lenguaje y a través de él. Desde esta mirada, el grupo no fue
un dispositivo que “contuviera” a las madres, sino un sistema generador de
nuevas narrativas, en el que ninguna voz poseía de antemano la versión correcta
de lo que debía decirse o sentirse. En sintonía con la propuesta del equipo
reflexivo de Andersen (1991), las conversaciones del grupo funcionaron muchas
veces como un espacio de “reflexión sobre la reflexión”: escuchar a otra madre
pensar en voz alta sobre su propio dilema abría, paradójicamente, una posición
desde la cual cada una podía mirar su propia experiencia con una distancia que
en soledad resultaba inalcanzable.
El lenguaje y la comunicación fueron temas centrales en estas
reuniones. Se habló sobre el peso de las palabras, sobre el acto de decir y de
ser escuchadas, y sobre cómo la conversación puede generar nuevas posibilidades
de acción. En este espacio, el
hablar no era solo un ejercicio de descarga emocional, sino una forma de darle
sentido a la experiencia, de encontrar nuevas formas de posicionarse ante los
desafíos diarios y de legitimar saberes que muchas veces habían sido
desestimados por los discursos expertos.
Este ejercicio de diálogo impactó de manera profunda en la
comunicación de las madres con sus hijos, quienes enfrentan grandes desafíos en
la expresión y el lenguaje. Muchas comenzaron a notar que, en la urgencia de
interpretar sus gestos, miradas o silencios, a veces terminaban
sobreprotegiéndolos o anticipando sus necesidades antes de que pudieran
siquiera expresarlas. En el grupo, se reflexionó sobre la diferencia entre ser
responsivas y ser sobreprotectoras, y sobre cómo la paciencia y la disposición
a la escucha pueden abrir espacios para que los hijos encuentren sus propias
formas de comunicación.
La pandemia, aunque intensificó la sensación de aislamiento,
también permitió que este grupo se consolidara como una comunidad de sostén y
aprendizaje mutuo. A medida que las madres se transformaban en su forma de
dialogar entre ellas, también lo hacían en su comunicación con sus hijos. El
espacio dialógico no solo les permitió sentirse comprendidas, sino que también
les dio herramientas para abordar la comunicación con sus hijos desde un lugar
menos impositivo y más abierto a la interpretación, al respeto por los tiempos
del otro y a la posibilidad de construir juntos nuevos modos de expresarse.
Así, la conversación en el grupo dejó de ser solo un medio para
compartir experiencias y se convirtió en una práctica que permeó sus hogares.
Lo que comenzó como una necesidad de sostén durante la pandemia terminó
transformándose en un cambio en la forma en que estas madres escuchan,
interpretan y validan las múltiples maneras en que sus hijos intentan
comunicarse con el mundo.
El rol materno y la tensión entre cuidado y autonomía
Uno de los ejes más debatidos fue el de la autonomía de las
personas con discapacidad y el lugar que ocupan las madres en la construcción
de ese camino. La pandemia puso en jaque muchas de las estrategias que habían
desarrollado con sus hijos para fomentar su independencia, lo que generó nuevas
preguntas: Cómo lograr que nuestros hijos se integren en la comunidad cuando el
mundo se cierra? ¿Cuándo el acompañamiento se convierte en un obstáculo para su
autonomía? ¿Cómo sostener la necesidad de cuidado sin que se convierta en
sobreprotección?
En este sentido, se debatió sobre la diferencia entre acompañar y
sustituir, sobre el miedo a soltar y sobre la construcción de redes de apoyo
que permitan pensar en un futuro donde los hijos puedan desenvolverse más allá
de sus familias.
La metáfora del "hogar" apareció con fuerza en estas
conversaciones. Se discutió sobre qué significa "pertenecer" y cómo
el acceso a la comunidad no debería depender exclusivamente del esfuerzo
individual de cada familia, sino de un entramado social más amplio.
Esta tensión entre cuidar y dejar hacer no admite una resolución
definitiva, y quizás esa sea precisamente su naturaleza. Annemarie Mol (2008)
ha propuesto distinguir entre una lógica de la elección, que organiza la vida
social en torno a decisiones puntuales, autonomía individual y resultados
medibles, y una lógica del cuidado, que se sostiene en la atención continua, la
adaptación permanente y el reconocimiento de que las necesidades del otro, y
las propias, cambian de un día para otro. Pensar la autonomía de los hijos e
hijas desde la lógica de la elección, como si se tratara de un punto de llegada
que las madres deben simplemente “permitir”, desconoce que el cuidado, como
sostiene Tronto (1993), es una práctica relacional que involucra atención,
responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta, y que esa trama no se
desarma por decreto: se transforma, se redistribuye, se aprende de nuevo entre
todas las partes.
Lealtades y resignificación del rol materno
Uno de los conceptos que emergió con mayor fuerza a lo largo de
los encuentros fue el de la lealtad. Las madres comenzaron a cuestionar hasta
qué punto ciertos valores heredados habían moldeado su forma de maternar y si
esas lealtades aún les eran útiles o, por el contrario, les imponían
limitaciones. Así surgieron preguntas fundamentales: ¿A qué modelos de
maternidad hemos sido leales sin detenernos a cuestionarlos? ¿Cuáles de esos
mandatos nos han sostenido y cuáles nos han dejado atrapadas en roles de sacrificio
absoluto? ¿Cómo construir una maternidad más libre, en la que podamos
priorizarnos sin culpa?
El grupo se convirtió en un espacio donde no solo se pusieron en
duda los estereotipos de la madre abnegada y resiliente, sino que también se
legitimó el derecho a dudar, a sentir enojo y a abrazar la contradicción. Se
reivindicó la posibilidad de equivocarse y de no tener todas las respuestas,
entendiendo que maternar no debería ser una práctica exclusivamente atravesada
por la renuncia.
Resulta iluminador, en este punto, recuperar la noción
winnicottiana de la “madre suficientemente buena” (Winnicott, 1993): una madre
que no necesita ser perfecta ni estar disponible de manera total y permanente
para que el desarrollo emocional de su hijo o hija sea posible, sino que, por
el contrario, es precisamente a través de sus fallas progresivas y toleradas
como el otro encuentra el espacio para constituirse como sujeto separado.
Trasladado al campo de la discapacidad, este principio adquiere una densidad
particular: la idea de que una madre que falla un poco es una madre que
habilita contradice frontalmente el mandato de entrega total que pesa sobre las
madres de personas con discapacidad, para quienes cualquier “falla” suele
leerse, por ellas mismas y por su entorno, como negligencia o abandono, y no
como apertura. La consigna “menos lealtades, más claudicaciones” puede leerse,
entonces, no como una renuncia al cuidado, sino como una reivindicación del
derecho a fallar lo suficiente como para que otro pueda crecer. Esta
reivindicación, sin embargo, no puede descansar únicamente en una
transformación subjetiva: como advierte Fraser (2016), la crisis del cuidado en
las sociedades contemporáneas no se resuelve pidiendo a las mujeres que se
exijan menos, sino redistribuyendo socialmente una responsabilidad que hasta
ahora recayó, casi en su totalidad, sobre sus hombros.
Desde la perspectiva dialógica (Anderson, 1997), estas
conversaciones no fueron solo un intercambio de ideas, sino un proceso de
co-construcción de nuevos significados sobre la maternidad. Al compartir sus
experiencias, las madres no solo narraron sus historias, sino que, a través del
diálogo y la escucha, transformaron su propia comprensión sobre lo que
significa maternar en contextos de alta demanda.
La discapacidad en el espejo de la sociedad
A lo largo de los encuentros, se hizo evidente una realidad
innegable: la discapacidad sigue siendo sistemáticamente invisibilizada en
múltiples ámbitos. El grupo reflexionó sobre cómo las personas con discapacidad
son representadas socialmente en dos extremos igualmente deshumanizantes: o
como “cargas” que requieren asistencia constante, o como seres “angelicales”
cuya existencia se idealiza, negándoles su complejidad y su derecho a la
autodeterminación.
La pandemia agudizó estas desigualdades. La exclusión en la toma
de decisiones, la falta de acceso prioritario a vacunas y la ausencia de
políticas específicas para las personas con discapacidad fueron algunas de las
situaciones que generaron mayor indignación en el grupo.
Esta doble representación, la discapacidad como carga o como
bendición, ha sido ampliamente documentada por los estudios críticos sobre
discapacidad, que la leen como una expresión del capacitismo: el conjunto de
presunciones culturales, institucionales y discursivas que jerarquizan los
cuerpos y las mentes según su proximidad a un ideal normativo de funcionamiento
(Goodley, 2016). Desde el modelo social de la discapacidad, Oliver (1990) había
advertido tempranamente que el problema no reside en los cuerpos de las
personas con discapacidad, sino en una organización social que no fue diseñada
contemplándolas, y que por eso mismo puede, y debe, ser transformada. La
Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (Organización de
las Naciones Unidas, 2006) consagra este desplazamiento al reconocer, en su
artículo 19, el derecho a vivir de forma independiente y a ser incluido en la
comunidad; sin embargo, como mostró con crudeza la pandemia, ese reconocimiento
normativo no garantiza por sí mismo la protección efectiva en situaciones de
crisis. En este sentido, el informe de la CEPAL elaborado por Meresman y
Ullmann (2020) advirtió tempranamente que las personas con discapacidad de la
región enfrentaban un riesgo desproporcionado frente al COVID-19, no por
razones biológicas sino por la combinación de barreras preexistentes (en el
acceso a la salud, a la información accesible y a redes de apoyo) que la
emergencia sanitaria profundizó en lugar de crear. Lo que el grupo nombró como
indignación frente a “decisiones médicas que priorizaban a unos sobre otros” no
fue, entonces, una percepción aislada: fue la constatación, en primera persona,
de un patrón que la propia CEPAL identificó a escala regional.
Las madres compartieron las batallas cotidianas que enfrentan:
desde la lucha por conseguir turnos médicos y garantizar el acceso a la
educación hasta la necesidad de exigir el respeto a los derechos fundamentales
de sus hijos e hijas. Pero también emergieron estrategias de resistencia,
formas de visibilización y herramientas para exigir lo que corresponde.
En este proceso, el grupo permitió a sus integrantes verse
reflejadas unas en otras, comprendiendo que sus experiencias individuales eran
parte de una realidad colectiva más amplia. Se rompió el aislamiento que muchas
veces impone la crianza de un hijo con discapacidad y se generó un espacio
donde la lucha no era solitaria, sino compartida.
Un espacio de transformación
Lo que en un principio surgió como un grupo de sostén emocional se
convirtió en un espacio de transformación profunda. Las palabras dejaron de ser
solo un vehículo para el desahogo y se convirtieron en una herramienta de
resistencia. En el diálogo, las madres encontraron un camino para comprenderse
mejor a sí mismas, y en la escucha mutua, una oportunidad para pensarse de
manera diferente.
Las reuniones les permitieron no solo compartir experiencias, sino
también generar nuevas preguntas, cuestionar certezas y construir relatos
propios, no dictados exclusivamente por discursos médicos o por expectativas
impuestas desde el exterior. En este espacio, la experiencia materna adquirió
el estatuto de un conocimiento legítimo, en el que la validación no provenía de
expertos, sino del reconocimiento entre pares.
Así, este grupo no solo atravesó la pandemia juntas, sino que la
transformó en una oportunidad para reescribirse, desafiarse y proyectar un
futuro donde el cuidado deje de ser una carga individual y pase a ser una
responsabilidad social compartida.
Es en este proceso de reescritura donde intento ser testigo fiel, acompañando la
reconstrucción de estas historias desde la escucha y la palabra compartida
(Ricoeur, 2006).
El arte del encuentro y la construcción del
pensamiento colectivo
El diálogo transforma. En la interacción con otras, se despliegan
nuevas formas de pensar, de sentir, de entender nuestra propia historia y la de
quienes nos rodean. Este trabajo grupal, surgido en un contexto de aislamiento
y crisis sanitaria, se convirtió en un espacio de contención, aprendizaje y
resignificación.
Nos encontramos con la palabra como vehículo de conexión. La
conversación no es un simple intercambio de información, sino un proceso vivo
de construcción colectiva donde cada voz, cada pausa y cada silencio tienen
significado. En este entramado de experiencias, saberes y emociones, la
comunicación fluye de manera no lineal: una idea se anuda con otra, un
pensamiento despierta una memoria, un relato resuena en otro cuerpo y así, la
trama del grupo se fortalece.
En este espacio, el conocimiento no se impone, sino que emerge en
la relación con el otro. No se trata solo de hablar, sino de escuchar y ser
escuchadas, de encontrar sentido en lo que se dice y en lo que se calla. Cada
encuentro fue una oportunidad para resignificar experiencias, desafiar
certezas, dar lugar a la incertidumbre y, sobre todo, habilitar otras formas
posibles de ser y estar en el mundo.
No somos pescadoras solitarias esperando que "nuestra
verdad" emerja del agua. Somos una red de pensamiento en movimiento, que
se sumerge y se alza, donde cada hilo aporta su singularidad y, en la unión con
los demás, se convierte en algo nuevo.
Lealtades, sacrificios y claudicaciones
Desde tiempos inmemoriales, la lealtad se ha asociado a grandes
gestos de entrega, renunciamiento y sacrificio. Sin embargo, en el contexto del
cuidado y acompañamiento de personas con discapacidad, esta idea adquiere una
dimensión más compleja. ¿A quién o a qué hemos sido leales? ¿Qué mandatos han
condicionado nuestras decisiones y emociones?
Las madres de personas con discapacidad han sido tradicionalmente
ubicadas en un lugar de entrega absoluta, de amor incondicional que no deja
margen para el cansancio, la duda o el enojo. Se espera de ellas una dedicación
sin fisuras, una fortaleza inquebrantable. Pero, ¿qué pasa cuando la lealtad se
vuelve una carga? ¿Cuándo el amor se confunde con la obligación de postergarse?
Aquí aparece la claudicación como una posibilidad de resistencia.
En una sociedad que valora el sacrificio como virtud, claudicar puede ser visto
como una falta, una falla. Pero también puede ser un acto de dignidad.
Reconocer los límites propios, permitirse flaquear, expresar la frustración sin
culpa, son formas de afirmar la propia humanidad.
Desde la economía feminista, Rodríguez Enríquez (2015) ha mostrado
que la organización social del cuidado descansa de manera estructural sobre el
trabajo no remunerado de las mujeres, y que esa carga no disminuye
automáticamente cuando ellas se incorporan al mercado laboral, sino que se
superpone a él. Las “lealtades” que el grupo puso en cuestión, entonces, no son
solo convicciones personales: son la cara subjetiva de una distribución social
del trabajo de cuidado que rara vez se nombra como tal.
"Menos lealtades, más claudicaciones."
Porque ser leal no significa inmolarse. Porque sostener el
bienestar de otro no puede ser a costa del propio. Porque el verdadero
compromiso es aquel que se construye desde la autonomía y el respeto, no desde
la imposición de roles que perpetúan desigualdades.
La invisibilización de la discapacidad y la
mirada social
La discapacidad es invisible para quienes no quieren verla. Se la
oculta porque incomoda, porque desafía los ideales de belleza, de
productividad, de normalidad. Se la vuelve una categoría marginal, ajena al
centro de la vida social.
Pero, ¿qué pasa cuando los invisibles empiezan a hablar? ¿Cuando
reclaman su lugar en el mundo? ¿Cuando exigen ser vistos no desde la lástima,
sino desde el reconocimiento de sus derechos?
La pregunta por lo que ocurre “cuando los invisibles empiezan a
hablar” puede pensarse en términos de lo que Axel Honneth (1997) denomina la
lucha por el reconocimiento: la idea de que las experiencias de menosprecio
social (ser tratado como menos, ser ignorado, no ser tomado en cuenta) no
conducen necesariamente a la resignación, sino que pueden convertirse en el
motor de demandas de justicia que exigen un reconocimiento antes negado. Que un
grupo de madres, reunidas primero para sostenerse mutuamente, haya terminado
articulando un reclamo colectivo de derechos no es un desvío respecto del
propósito original del espacio: es, más bien, su consecuencia más coherente.
"...se hicieron invisibles
de pronto no están
Se hicieron invisibles
de pronto... ¿dónde están?"
La pandemia profundizó esta invisibilización. En los criterios de
vacunación, en la asignación de recursos sanitarios, en la falta de políticas
que contemplaran las necesidades de las personas con discapacidad y sus
familias. Se instaló la idea de que eran "descartables", que su vida
valía menos.
Lo vimos en las decisiones médicas que priorizaban a unos sobre
otros. Lo escuchamos en comentarios de funcionarios, en la falta de medidas
concretas, en la indiferencia generalizada. Lo sentimos en el miedo y la
incertidumbre de no saber si, llegado el momento, habría un lugar para ellos en
el sistema de salud.
La discapacidad molesta porque interpela. No se ajusta a las
lógicas del mercado, no responde a los ideales de independencia, eficiencia y
productividad. Es una presencia que incomoda, porque expone los límites de un
sistema que privilegia la norma y excluye la diferencia.
Pero estar aquí, alzando la voz, nombrando lo que se quiso callar,
es ya un acto de visibilización. Porque no queremos ser vistas solo desde la
lástima, ni desde la romantización de la "bendición". Queremos ser
vistas como lo que somos: personas, ciudadanas, sujetas de derechos.
El lenguaje como forma de poder y resistencia
Desde la curiosidad de saber más del otro y permitir que el otro
sepa más de mí, descubrimos que todo lo que se dice y cómo se dice tiene un
peso en la construcción de la realidad.
Hablamos todo el
tiempo, pero… ¿escuchamos?
Nos expresamos, pero… ¿realmente nos
entendemos?
Nos mostramos, pero… ¿cómo somos
percibidas?
El lenguaje es una herramienta de poder. Nombrar es hacer existir.
Y cuando no se nos nombra, cuando se nos define desde categorías ajenas, cuando
se nos encasilla en discursos prefabricados, se nos niega una parte fundamental
de nuestra identidad.
Esta intuición, que nombrar es hacer existir y que no nombrar es
una forma de negación, encuentra eco en la reflexión de Michel Foucault (1992)
sobre el orden del discurso: en toda sociedad, la producción del discurso está
controlada, seleccionada y redistribuida por una serie de procedimientos cuya
función es conjurar sus poderes y peligros. Cuando el grupo se permitió
“cuestionar etiquetas” y “desmontar estereotipos”, no estaba simplemente
eligiendo otras palabras: estaba disputando, en una escala pequeña pero real,
ese orden del discurso que decide qué puede decirse, quién puede decirlo y
desde qué lugar. Anderson y Goolishian (1988) llamarían a esto la apertura de
un sistema lingüístico hacia nuevas posibilidades de significado: un sistema
que, hasta entonces, parecía clausurado en los términos que la medicina, la
escuela o el sentido común habían fijado de antemano.
Este grupo ha sido un espacio de reconfiguración del lenguaje. Nos
hemos permitido cuestionar etiquetas, desmontar estereotipos, ensayar nuevas
formas de decir y de decirnos. Hemos comprendido que lo político atraviesa lo
personal y que cada palabra que elegimos o descartamos tiene consecuencias.
No se trata solo de hablar, sino de ser escuchadas. De generar
discursos que no solo expliquen, sino que transformen. De construir una
narrativa propia que dé cuenta de nuestras vivencias sin simplificaciones ni
reduccionismos.
"Decimos lo que decimos y genera un movimiento entre nosotras.
Surgen ideas, propuestas.
Lo digo, no lo digo.
¿Pasa algo si lo digo? Sí.
Me escuchan.
Opinan o no.
Las caras se mueven.
Los micrófonos se abren y cierran.
Se dice lo que se dice.
¿Se juzga? No.
¿Se quiere tener razón? No.
¿Se agradece? Sí.
Suficiente."
Este es un espacio de construcción de sentido. Un territorio donde
el lenguaje no es solo herramienta, sino materia viva que nos define, nos
vincula y nos abre posibilidades.
Entretejiendo un nuevo saber colectivo.
A modo de conclusión, no es casual hablar de tejido, de ronda, de
círculo. Que sea un círculo nos ubica a todas en un mismo plano: somos mujeres,
con saberes y emociones propias y diferentes. Este trabajo grupal nos ha
permitido resignificar nuestras experiencias, poner en palabras lo silenciado,
crear nuevas formas de pensar y de habitar el mundo. Nos acompañamos y nos
escuchamos con respeto. No para imponer verdades, sino para construir
colectivamente una narrativa más justa, más honesta, más cercana a la
complejidad de nuestras vidas. Lo que aquí decimos no es definitivo. Es un
entramado en permanente evolución, un tejido que se expande con cada voz que se
suma. Porque en la unión de nuestras historias, pensamientos y emociones,
creamos algo más grande que nosotras mismas: un nuevo saber colectivo.
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